“Ya nos acostumbramos a estar solos”

11 01 2013

Por Juan Eduardo Flores Mateos

*En Veracruz, se desconocen cuántos niños viven sin el cuidado de sus padres

**No hay un diagnóstico ni siquiera a nivel nacional, es urgente para implementar políticas públicas: experta

*El DIF Veracruz sólo cuenta con una psicóloga para 600 mil habitantes

 

 

En un auto rojo manejado por Jesús, dos niños de ocho y diez años se divierten en la parte trasera. Chucho, como le llaman los infantes, es su vecino, pero le llaman tío.

El niño tiene diez años y se llama Ernesto. La niña ocho, y se llama Serena. Tienen una hermana llamada Nancy que no decidió acompañarlos porque así fue su voluntad. Son hermanos y viven en soledad.

Su casa está la calle Uribe, en la zona centro. Regularmente se sientan desde el pórtico de su casa a ver los autos pasar, aunque muchas otras más prefieren jugar fútbol o ver la televisión en el pequeño patio que tienen. El niño quiere ser jugador de fútbol profesional, la niña aún no sabe qué.

Los tres niños faltan a la escuela, casi no comen, detestan las verduras. Nadie está al pendiente de ellos, salvo el padre, y eso a veces porque el padre trabaja todo el día. La mamá de éstos, los deja a la deriva de acuerdo a don Jesús que los ha visto crecer, “no les importa los niños, ya me lo ha dicho, qué se los lleve la chingada les dice y eso me da mucha tristeza”.

Don Jesús los lleva de paseo como algunas otras veces más. Junto con su esposa Guadalupe, cuando tienen tiempo les dan sopa, arroz, guisado, verduras. Regularmente los niños solo comen frituras, refrescos, galletas.

Esta vez Jesús conduce al centro porque tiene que ir a dejar unos papeles. A los niños les causa una alegría que se denota en su rostro y les rompe la tragedia que traen detrás de los ojos. Los deja un momento en el zócalo, al lugar donde van no dejan entrar niños.

Ernesto, es el más grande. Trae una playera de la WWE, un short de tela delgada, unos tenis rojos de fútbol con un número nueve estampado en el empeine. Su rostro se debate entre lo suave y lo tupido, entre la inocencia y la malicia. Le encanta ver la caricatura de Dragon Ball Z y soñar por las noches que se convierte en Gokú para salvar al mundo.

Dice, mientras se acuesta en una banca para mirar la jardinera: Ya nos acostumbramos a estar solos, hacemos lo que queremos en la casa, mi mamá nos prohíbe jugar con las colchas, pero como nunca está, jugamos con ellas y las rompemos para jugar al fantasma. Al principio me dio un poco de miedo quedarme solo, pero ya tenemos tres años así, …y de vez en cuando sueño con el Coco, pero trato de no pensar en ello.

Serena no sabe qué es el Coco y no quiere saberlo, ella nunca sueña cosas feas. En las noches sueña con Bob Esponja, que amanece en la ciudad de Fondo de Bikini y lo abraza. No sabe el porqué le gusta tanto, solo dice que le gusta ver primero Dragon Ball Z para luego sentarse sola, a mirar la caricatura de la esponja amarilla.

Los dos niños juegan frente al Ayuntamiento porteño. Brincan las bancas, le dan vuelta al estrado circular que hay en medio del zócalo. Casi nunca dejan de sonreír, corren y corren hasta que se cansan porque quieren agua. “Voy a pedirle a mi tío Jesús que me compre algo” dice Ernesto, Serena lo secunda, “sí, hay que pedirle”.

Jesús regresa después de veinte minutos, les habla. Rumbo al carro hay que atravesar dos veces la calle. Chucho los toma a cada uno de la mano para cruzarlos. Llegan al carro, los sube.

Preocupado mientras maneja, externa: A veces uno quisiera hacer más cosas, pero no puedo, tengo que trabajar y me es imposible estar al pendiente de ellos. Nosotros en casa, les hacemos de comer, les regalamos cosas. Cuando viene alguno de mis hijos y se pone a trabajar, ellos solitos vienen para hacer la tarea. Lee el resto de esta entrada »

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