Desaparecidos del mapa mexicano: La ola de la ausencia

16 01 2013

Por Gonzalo Ortuño López

“Sucede con los seres ‘desaparecidos’ que aunque se sepa que no queda ninguna esperanza, siempre se sigue esperando. Vive uno en acecho, en expectación; las madres de esos muchachos que se embarcaron para una peligrosa exploración se figuran a cada momento, aunque tienen la certidumbre de que ésta muerto ya hace tiempo, que va a entrar su hijo, salvado por milagro, lleno de salud. Y esa espera, según cómo sea la fuerza del recuerdo y la resistencia orgánica, o las ayuda a atravesar ese período de años a cuyo cabo está la resignación a la idea de que su hijo no existe, para olvidar poco a poco y sobrevivir, o las mata” (1)

 

10 de mayo de 2012. Lourdes  Valdivia es una mujer robusta de pequeños ojos, viene de León Guanajuato y siempre trae en la mano una Coca-Cola de 600ml. No puede celebrar, como cada año el día de las madres, porque su esposo y su hijo, José y Juan Cordero, desaparecieron, junto con ocho personas más en el estado de Zacatecas el 6 de diciembre de 2010 en un viaje de cacería. Policías municipales los entregaron a hombres armados y no ha sabido más de ellos.
Lourdes camina junto con 300 madres y familiares que también perdieron a alguien. Son pocos para una manifestación en la Ciudad de México, pero muchos para estar organizados en una búsqueda que no tiene fecha de caducidad.  La mayoría comenzó a buscar en los últimos seis años, desde que el Gobierno federal envió a las fuerzas armadas a la calle y las organizaciones delictivas decidieron entrar en el negocio de trata de personas, secuestro y extorsión.
Los retos para los familiares implican el empeoramiento de sus condiciones de vida: el estrés, la ansiedad, la depresión y los problemas para dormir. Un día se despiertan con la esperanza de encontrar a quien les hace falta y en otros, parecen muertos en vida porque el “piloto automático” es lo que los hace sobrevivir. La mayoría de las víctimas son hombres o principales sustentos, y la familia no puede cobrar una pensión, obtener la custodia de los hijos, o hacer un simple trámite burocrático, además del peligro que implica la búsqueda. (2)
“A uno lo matan también en vida, yo siempre estoy con mi dolor y mi tristeza y así será hasta el día en que me muera”, dice Lourdes Valdivia, ella y su familia siguen en búsqueda a pesar del común estigma de que sus familiares en algo andaban metidos y de las trabas en el Ministerio Público que consigna a los responsables por “abuso de poder”. La desaparición los rebasa porque suspende el tiempo, sus efectos son prolongados y se destinaron a mantener lo irreparable de la pérdida.
Las personas desaparecidas en México padecen el efecto Blanca nieves, parece que están dormidos, no hablan, no escuchan, están abstraídos del mundo y casi ninguno encuentra la puerta de regreso. Viven en un universo paralelo al nuestro, no tienen tumba porque no se sabe si están muertos y no tienen velo porque no hay cuerpo que velar.  Leer el resto de esta entrada »




16 01 2013

 

Por Estefanía Camacho

“Gracias doy a la desgracia y a la mano con puñal, porque me mató tan mal, y seguí cantando.”

-Mercedes Sosa, “La Cigarra”.

“Que Dios lo perdone”, dice Guadalupe Vázquez, sobreviviente de la masacre de Acteal al preguntarle sobre el ex presidente Ernesto Zedillo. Con lágrimas sobre el rostro está parada frente la tumba de su hermano Manuel que apenas murió el 10 de noviembre del 2012.

El camino a Acteal recorre un valle fértil que brilla por la lluvia que cayó durante todo el día anterior y ahora lo alumbra el sol. No hay ni un solo rincón del paisaje chiapaneco que no esté lleno de una alfombra de pasto que parece un terso fieltro verde. Aunque los Altos de Chiapas, Chenalhó no alcance luz de sol.IMG_8493

Guadalupe tenía cinco hermanos vivos hasta ese noviembre: dos hermanas, un hermano llamado Juan y otro Manuel. Tenía otras cinco hermanas más que fueron asesinadas a manos de grupos paramilitares ese 22 de diciembre de 1997 en la ermita donde rezaban sus padres también. Una tenía cinco años y otra, ocho meses.

Otras 40 personas fueron asesinadas mientras oraban por paz. Hombres armados acribillaron indiscriminadamente en esa mañana lluviosa. Un día después los velaron y el día que se celebra Noche Buena los enterraron.

Es por ellos, por quienes Guadalupe de 26 años realiza la tradición de subir en conjunto un sendero que la lleva a la ermita y a la iglesia. Una edificación vieja y blanca, un tanto mal pintada que hoy tiene dos estandartes en cada lado, una es blanca y dice “PAZ” y del otro lado está una bandera de México.

Durante el recorrido, la gente va en silencio. Mujeres tzotziles y tzeltales en su mayoría cargan unas cruces negras con los nombres y edades de los difuntos. Hay una banda que empieza a tocar música regional al momento de partir.

Como una canción de Mercedes Sosa, es una triste fotografía, pero que aún con penas, el pueblo hace música. Los niños juegan y corren, también ríen y el sonido de sus risas llena el vacío silencioso. Hay niños menores de 10 años que están conscientes de la razón por la que caminan.IMG_8605 Leer el resto de esta entrada »





“Ya nos acostumbramos a estar solos”

11 01 2013

Por Juan Eduardo Flores Mateos

*En Veracruz, se desconocen cuántos niños viven sin el cuidado de sus padres

**No hay un diagnóstico ni siquiera a nivel nacional, es urgente para implementar políticas públicas: experta

*El DIF Veracruz sólo cuenta con una psicóloga para 600 mil habitantes

 

 

En un auto rojo manejado por Jesús, dos niños de ocho y diez años se divierten en la parte trasera. Chucho, como le llaman los infantes, es su vecino, pero le llaman tío.

El niño tiene diez años y se llama Ernesto. La niña ocho, y se llama Serena. Tienen una hermana llamada Nancy que no decidió acompañarlos porque así fue su voluntad. Son hermanos y viven en soledad.

Su casa está la calle Uribe, en la zona centro. Regularmente se sientan desde el pórtico de su casa a ver los autos pasar, aunque muchas otras más prefieren jugar fútbol o ver la televisión en el pequeño patio que tienen. El niño quiere ser jugador de fútbol profesional, la niña aún no sabe qué.

Los tres niños faltan a la escuela, casi no comen, detestan las verduras. Nadie está al pendiente de ellos, salvo el padre, y eso a veces porque el padre trabaja todo el día. La mamá de éstos, los deja a la deriva de acuerdo a don Jesús que los ha visto crecer, “no les importa los niños, ya me lo ha dicho, qué se los lleve la chingada les dice y eso me da mucha tristeza”.

Don Jesús los lleva de paseo como algunas otras veces más. Junto con su esposa Guadalupe, cuando tienen tiempo les dan sopa, arroz, guisado, verduras. Regularmente los niños solo comen frituras, refrescos, galletas.

Esta vez Jesús conduce al centro porque tiene que ir a dejar unos papeles. A los niños les causa una alegría que se denota en su rostro y les rompe la tragedia que traen detrás de los ojos. Los deja un momento en el zócalo, al lugar donde van no dejan entrar niños.

Ernesto, es el más grande. Trae una playera de la WWE, un short de tela delgada, unos tenis rojos de fútbol con un número nueve estampado en el empeine. Su rostro se debate entre lo suave y lo tupido, entre la inocencia y la malicia. Le encanta ver la caricatura de Dragon Ball Z y soñar por las noches que se convierte en Gokú para salvar al mundo.

Dice, mientras se acuesta en una banca para mirar la jardinera: Ya nos acostumbramos a estar solos, hacemos lo que queremos en la casa, mi mamá nos prohíbe jugar con las colchas, pero como nunca está, jugamos con ellas y las rompemos para jugar al fantasma. Al principio me dio un poco de miedo quedarme solo, pero ya tenemos tres años así, …y de vez en cuando sueño con el Coco, pero trato de no pensar en ello.

Serena no sabe qué es el Coco y no quiere saberlo, ella nunca sueña cosas feas. En las noches sueña con Bob Esponja, que amanece en la ciudad de Fondo de Bikini y lo abraza. No sabe el porqué le gusta tanto, solo dice que le gusta ver primero Dragon Ball Z para luego sentarse sola, a mirar la caricatura de la esponja amarilla.

Los dos niños juegan frente al Ayuntamiento porteño. Brincan las bancas, le dan vuelta al estrado circular que hay en medio del zócalo. Casi nunca dejan de sonreír, corren y corren hasta que se cansan porque quieren agua. “Voy a pedirle a mi tío Jesús que me compre algo” dice Ernesto, Serena lo secunda, “sí, hay que pedirle”.

Jesús regresa después de veinte minutos, les habla. Rumbo al carro hay que atravesar dos veces la calle. Chucho los toma a cada uno de la mano para cruzarlos. Llegan al carro, los sube.

Preocupado mientras maneja, externa: A veces uno quisiera hacer más cosas, pero no puedo, tengo que trabajar y me es imposible estar al pendiente de ellos. Nosotros en casa, les hacemos de comer, les regalamos cosas. Cuando viene alguno de mis hijos y se pone a trabajar, ellos solitos vienen para hacer la tarea. Leer el resto de esta entrada »