A vuelta de rueda

30 03 2012

Texto y fotos: Gonzalo Ortuño López

Cuernavaca, Morelos.- Rodeada de hojas secas, escoltada por  un pequeño arreglo de flores frescas y una veladora, una cruz de fierro acompaña a la solitaria hoja que pegaron amigos de los jóvenes asesinados: “6 meses de la injusticia. Julio, Luis, Juan, Gabo, Chuy, Álvaro, María. Siempre en nuestros ♥!”

A un costado del templete instalado frente al Palacio de Gobierno de esta ciudad, mientras se realiza una ceremonia ecuménica, el profesor universitario Pietro Ameglio regala pequeños brotes de una flor de Jamaica que le regaló el comunero José Trinidad de la Cruz, don Trino, antes de ser asesinado por paramilitares en Santa María Ostula, Michoacán.

“Plántala, que sea algo simbólico, algo que nos una a todos con Don Trino”, dice Ameglio a sus elegidos, luego de asegurarse de que tienen un jardín donde cuidar a la flor.

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Es un día soleado en Cuernavaca. En la plaza de armas se conmemora el aniversario del asesinato de siete personas en Temixco. Entre ellas, Juan Francisco Sicilia, hijo del poeta que en 2011 le quitó los velos al discurso oficial y se lanzó a caminar por el país para darle rostro y nombre a los muertos del “holocausto mexicano”.

Javier Sicilia, siempre de sombrero, chaleco y chamarra, siempre con cigarros y escapularios, convirtió su tragedia personal en un movimiento nacional por la paz. Recorrió 11 mil kilómetros de la República Mexicana, entabló mesas de diálogo con todos los niveles de gobierno, organizó jornadas culturales para concientizar a la sociedad, lloró y consoló, denunció delitos y complicidades.

Este 28 de marzo, sin embargo, es un día de contrastes. En la plaza, frente al Palacio de Gobierno donde colocan una placa por los muertos, los integrantes del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad lloran por los miles de asesinados y desaparecidos del sexenio; al otro extremo, decenas de personas pasean y ríen, ajenas a la desgracia y al movimiento.

“Hay una irresponsabilidad de muchas partes de la reserva moral: iglesias, medios de comunicación, universidades, sectores artísticos e intelectuales, no hay ningún tipo de acción coherente con la palabra”, asegura Ameglio, estudioso de la desobediencia civil, convencido de que la violencia en México ya cruza todas las clases sociales y tarde o temprano llegará de forma más directa a quienes son indiferentes.

Lo mismo piensa Julián Le Barón, el ranchero de Galeana, Chihuahua, que después de perder a cinco familiares y amigos se sumó al llamado del poeta para recorrer el país.

“Somos los ciudadanos los que debemos cambiar, los que debemos bajarnos de la carreta y ver cómo la empujamos”, asegura Le Barón.

Su presencia sorprende a más de un periodista. Hace poco más de un mes, el chihuahuense se deslindó públicamente del movimiento por la paz, convencido de que el camino que ha tomado, de interlocución con los distintos actores políticos, es equivocado. El 98 % de impunidad y el aumento de la violencia son para él argumentos suficientes. Lo reafirma en esta plaza: “Todo diálogo con las autoridades es como arriar a una mula que no sabes si está borracha o muerta”, insiste.

Sin embargo, aquí está, como la mayoría de los amigos cercanos del poeta y que hace un año se lanzaron con él a la caminata del silencio que llegó al Zócalo de la ciudad de México el 8 de mayo. También están los artistas, Daniel Jiménez Cacho y Julieta Egurrola, entre ellos, que han acompañado al movimiento desde la primera marcha, el 6 de abril. Y las iglesias por la paz.

Curiosamente, faltan los que han promovido el diálogo que ahuyentó a Le Barón.

Su lugar lo toman este día los campesinos de San Salvador Atenco y otras voces de luchadores sociales.

Jorge Sánchez Hernández y Eustasio Vázquez vinieron de San José del Progreso. Son representantes de la Coordinadora de Pueblos Unidos del Valle de Ocotlán en Oaxaca que lucha desde 2006 por la salida de la minera Cuzcatlán, filial de la canadiense Fortune Silver Mines.

En este año, dos de sus compañeros han sido asesinados por encabezar esa lucha: Bernardo Méndez Vásquez, el 18 de enero, al salir de su casa y frente a 40 personas, y Bernardo Vázquez Sánchez, el 15 de marzo, en su propio carro; su hermano fue herido y se encuentra grave. Otra compañera fue lesionada en su pierna derecha por impactos de bala.

“En Oaxaca, las comunidades deben aprobar cualquier proyecto minero y sin su consentimiento lo echaron a andar. La minera para obtener legalidad compró a la gente y cuando ésta los rechazó confrontaron y provocaron a la comunidad yendo al centro a robarse el agua y es así como asesinaron a Bernardo Méndez”, explica el activista Magdiel Sánchez, quien espera que movimientos locales como este se articulen con el de Paz para lograr una escenificación nacional, garantías de que no habrá más muertos, denuncias internacionales y actos de solidaridad.

“Reunirnos nos da una visión de que las víctimas de violencia por el narcotráfico están ligadas a los problemas de las comunidades. Un movimiento enraizado en la comunidad, para refundarse debe pelear”, insiste este joven, de 26 años, que ha sido el responsable logístico de las caravanas de paz, convencido de que el desgaste del movimiento pacifista tiene su origen en la incapacidad para articularse con víctimas de otro tipo de violencia.

Pietro Ameglio también lo cree: “La articulación es la única forma de parar la guerra –dice- Lo han entendido los zapatistas quienes están más avanzados, lo importante es parar la guerra. Mientras no se rompa esa dislexia moral entre lo que se dice y lo que se hace todo seguirá igual”.

Oscurece en la plaza de armas. Después del discurso de Javier Sicilia, quienes han venido a apoyarlo estampan una placa que recuerda a siete víctimas. Luego caminan con veladoras y cruces. A pesar de que la movilización en el país avanza  a vuelta de rueda, la actividad pacífica también ha sembrado semillas en algunas zonas del país que comienzan a alzar la voz.

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