14 días de indignación

27 10 2011

Por Juan Eduardo Flores Mateos

Los vidrios opacos del Centro Bursátil ubicado en Avenida Reforma y Río Rhin observan una hilera de carpas viejas, jóvenes y adultos conversando, cartulinas escritas y tiliches regados.

A un lado de estos, se levanta una hamaca amarilla atada a unos árboles que es utilizada a veces como descanso para unos jóvenes  provenientes de la Universidad Autónoma de México y la Universidad Nacional Autónoma de Méxicoque se autodenominan Los Indignados; aunque prefieren llamarse “encabronados”.

En los exteriores de la acampada, unas lonas amarillas con negro grabadas y alusivas al movimiento que presiden, el 15-O y su eslogan “lo imposible ya empezó”.  Entre la hilera de casas de campaña, puedes llegar a una cocina improvisada, sobre todo si te diriges hacia el humo del anafe donde una señora de piel morena intentará cocinar. Ollas y cacerolas con tortas sobresalen entre los periódicos del día y un plato con redondos cítricos que están esperando a que alguien los tome.

En el suelo una estudiante proveniente de Morelos, toma una cartulina y escribe sobre ella. Ésta contendrá las actividades de la semana correspondiente a su segunda semana; del 24 al 30 de Octubre. Ellos llegaron a instalarse el día 15.

“Me vengo a manifestar porque el país se encuentra en desastre nacional, y uno de esos casos que te digo es la guerra que tenemos”. Estudiante de la Facultad de Economía de la UNAM vuelve a lo suyo. Frente a ella una pequeña biblioteca, donde gente de la acampada toma libros. Destacan por encimita los del psicólogo de la Escuela de Frankfurt Erich Fromm, los Diálogos de Platón y  algunos libros de crónica sobre movimientos sociales.

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Roberto Cabrera, es un señor de más de setenta años que ha viajado por todo el mundo.  Nació en Xalapa y se crío en el Puerto de Veracruz donde vivió algunos años de su vida en la calle de Agustín de Iturbide por el Hospital General.

Se casó con una francesa y se fue a recorrer el mundo por 50 años. La última vez que estuvo en Veracruz, fue por “ahí del 2007 cuando Fidel Herrera todavía era gobernador”.

Antes de llegar al campamento -23 de Octubre- se encerró en un monasterio cerca de Acapulco, lugar donde vivió tres meses antes dando clases de francés. Tanta violencia lo llevó a “desintoxicarse” con las monjas.

Hace unos días llegó a la capital para ver a su hija de origen francés, quien partiría a su país natal después de unas vacaciones.

A Roberto, -dice- le pasó como al Señor Mersault, aquel personaje recreado por Albert Camus en su libro L’etrange (El Extranjero). No tenía motivación por nada, para él, el mundo ya era aburrido y absurdo, “eran las mismas personas dando vueltas y vueltas”.

Roberto estuvo en Hawaii, varias ciudades de Francia como París y algunas más de Europa como Madrid y Roma; comprobó que su desmotivación proviene de “sentirse ajeno en un mundo tan hostil”.  Ya ni los libros le llenaban.

Entonces, recuerda, pasaba por Avenida Reforma y observó la acampada. A diferencia de “las otras marchas” cómo él las llama, aquellas que gritan “el pueblo unido jamás será vencido” éste movimiento tiene algo distinto.

Fue el movimiento 15-O que le regresó la motivación. Observar pancartas como “si no nos dejan soñar, no los dejaremos dormir” lo acercó. Y reflexiona que es este movimiento el único en toda su vida que ha visto que ataque la raíz del problema; el sistema económico actual.

Para Roberto, esas interpretaciones de “si no tienes un carro del año no eres feliz” son una estupidez. Y cuenta:

“Yo fui testigo como un amigo se compró un Mercedez –Benz- muy bonito hace tiempo. Ahí el atractivo no es el hombre, sino el carro, es curioso el efecto psicológico que producen. Yo no lo quería creer así, pero sí, yo vi como una muchacha se embobaba por el carro de mi amigo. Yo afortunadamente siempre anduve a volcho”.

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Junto a unas casas de campaña, dos señores conversan y apenas se escuchan sus voces:

“México no es un país que esté informado” le dice un señor de pómulos salidos, cuerpo delgado y moreno a otro que viste una chamarra de mezclilla, una gorra y unos zapatos gastados por la humedad.

Éste último responde: Históricamente, México está hecho para callar y obedecer.

Junto a ellos, una consigna se alzaba en una especie de pizarra: De niño jugaba en Mcdonald’s, ahora ahí me explotan.

En el centro, a un lado de la cocina improvisada, una muchacha platica con otro. Son estudiantes. Cuenta que la reacción de los medios ante su movimiento ha sido buena. Nunca han sido portada, pues para la muchacha egresada de Sociología de la UAM, “a los medios no les conviene,  porque no conviene ser portada”.

Atrás de ella, se encuentra la basura, la cual está separada en orgánica e inorgánica. Junto, la comida. Una indigente se acerca y pide de comer. El muchacho le dice: Agárrese una torta jefa, es más, llévese dos.

La señora después de tomarlas se va.

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Los muchachos siguen platicando. Inmediatamente se acerca una señora de pelo rubio, con exceso de rubor en la cara y usando un vestido negro que combina con unas zapatillas de aguja del mismo color que parecen ahogarle los tobillos. Es extrabajadora de la bolsa y les pide charlar con ellos.

Los muchachos asienten.

-Yo también estoy indignada, vine a recoger mi liquidación. Miren que tengo un compañero que según está indignado, pero sólo por Facebook. Su nombre es Pedro Raúl Montiel.

El nombre de la señora es Evangelina Lara y pertenece a la burocracia del Estado de México. Evangelina se sienta, y plantea:

-¿Será que los mexicanos no estamos tan indignados? Yo le he preguntado a mi amigo, por qué no se viene a vivir con ustedes si en realidad está indignado. Y me responde que para qué, si el es economista, y no se va a anexar a un movimiento y menos en un país donde el fútbol tiene más jale

Evangelina lo ha increpado varias veces. Le llama “un indignado de a mentira”. De esos que por las redes sociales dicen: “Ay sí, estoy indignado” pero no son capaces de vivir en la acampada.

Para Evangelina no se vale decir: Mexicanos al grito de guerra, cuando están sentados en su casa viendo TV.

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A 14 días que empezó la huelga de hambre, el catedrático por más de 30 años en la UAM y miembro del Sistema Nacional de Investigadores, Edur Velasco Arregui se ve agobiado. Los estragos empiezan a evidenciarse en el rostro lánguido yde barba ebúrnea del ahora pertenecienteal Departamento de Derecho. Unas colchas le rodean el cuerpo como si fuesen el caparazón de un caracol. Un gorro negro le cubre la cabeza.

Edur Velasco estudió en la Universidad Veracruzana, en la Escuela Anexa de Filosofía y Letras y perteneció al movimiento del 68 en Xalapa. Nació en el Distrito Federal, pero por cuestiones del trabajo de su padre, estudió allá.

Recuerda el movimiento del 68 que fue “extraordinario” y “lo fichita” que fue en aquel entonces gobernador Fernando López Arias.

Cuando Edur se propuso nuevamente luchar por medio de una huelga de hambre, su esposa se inquietóbastante. Su familia se inquietó bastante. Para Edur Velasco, esta forma de protesta no es nueva. Es la cuarta vez que lo hace.

Su cuerpo enfrenta problemas de descalcificación “brutal”. Problemas en los riñones, en el hígado. Problemas severos. “La huelga de hambre es una experiencia brutal”, califica el investigador.

Un señor se acerca. Quiere estrecharle la mano. Edur se disculpa que no puedehacerlo. “Me encuentro muy débil, disculpe que no lo pueda saludar”.

“No importa, lo vengo acompañar un rato, lo escuché en Radio Universidad”.

Edur le agradece haciendo un gesto como de abrazo, cruzando los brazos hacia él mismo. Después de un silencio; exclama:

-Las grandes empresas del país no pagan impuestos. Concentran el veinticinco por ciento del PIB y de ese veinticinco por ciento apenas, el uno por ciento es contribución fiscal lo cual es ridículo. La situación es muy grave. Estamos pidiendo salario mínimo de una onza de plata y 2 por ciento del Producto Interno Bruto para Educación.

-Sólo el 15 por ciento de jóvenes tiene acceso a la educación. ¿Cuántos alumnos se quedan fuera? Tú lo puedes ver en la misma Universidad Veracruzana.

Edur está en una silla especial. Atrás hay más consignas. Los carros circulan rápidamente sobre Paseo de la Reforma y Río Rhin. Lo hacen tan rápido como la indiferencia de quienes enfrente acuden de la Bolsa Mexicana de Valores.

Para Edur, sus huelgas han sido políticamente exitosas. Recuerda que la última confrontó la reforma a la Ley Federal de Trabajo. “La famosa Ley Abascal que se vino abajo al final”.

No es un gesto simbólico, el profesor Edur prefiere morir antes de ver a su Universidad privatizada. El próximo año corre el riesgo de hacerlo. Para ello, Edur mantendrá su huelga hasta el final.

El final implica terminar con su vida si es necesario.

La solidaridad de sus alumnos, el arropamiento del Movimiento de Los Indignados lo mantiene en la lucha. Para él, es notable la participación de gente sana. Se siente rodeado de los mejores estudiantes que ha tenido en su vida. Se siente orgulloso de ser un indignado más.

Edur se siente cansado, agobiado. No quiere hablar mucho. Para finalizar concluye que el no piensa que el Movimiento de los Indignados sea débil. Para entenderlo dice hay que recordar que viene antecedido de tres oleadas de indignación. La cardenista en el 89, la zapatista en el 94 y la obradorista en el 2006.

-En los tres casos está la voluntad de popular de sacudirse el yugo neoliberal, sostiene el catedrático, con una voz débil, pero consistente.

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Edur comenzó el día once de octubre su protesta. Los Indignados llegaron el día 15. Colocaron consignas como “el que no transa, pertenece al 99%” haciendo alusión al 1% en México que controla el país.

Junto a la carpa donde el profesor Edur duerme, hay un cuerpo de Karl Marx al estilo cartel del afamado Tío Sam con la siguiente frase: I toldyou, i wasright (Te lo dije, tenía razón). Junto, una frase del filósofo marxista italiano Antonio Gramsci: Pensar con el pesimismo de la razón y actuar con el optimismo de la voluntad.

A un lado, una bandera de México rota está colgada sobre un mecate como metáfora a la derrota de un país quebrado. Debajo de esta, unas flores secas la arrullan. La bandera parece dormida, como el país que representa.

Enfrente el edificio bursátil está estático mientras parece observar a la gente que camina en flujo y contraflujo sobre la acera que da a su entrada.

Mientras tanto sus cristales siguen igual de opacos; tan opacos que por un momento parecieron haber llorado.

 

 

 

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