Huellas que limpian sangre

20 10 2011

Gonzalo Ortuño López

Con un minuto de silencio comenzó un recorrido de más de tres mil kilómetros por la paz. El Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, encabezado por el poeta Javier Sicilia, convocó a un recorrido por el sur del país para exigir un cese a la violencia.

Sicilia recordó los motivos por los que estaban de nueva cuenta  frente a la catedral de la Ciudad de México y el Palacio de Gobierno, los dos poderes que han regido a la nación y a occidente: el Estado y la iglesia, instituciones hoy vacías, según el escritor. Bajo el cielo de una mañana fría, usando de templete un camión bautizado como Chebús y dirigiéndose a periodistas, trabajadores, activistas, luchadores sociales, jóvenes y curiosos, inició la Caravana del Perdón:

 “Después del asesinato de mi hijo Juan Francisco, de Gabriel, de Julio, de Jethro, salimos caminando de la Ciudad de Cuernavaca, de la Paloma de la Paz hasta el zócalo de la Ciudad de México, donde llegamos el 8 (de Mayo) a este mismo lugar”

 El poeta acompañado por Emilio Álvarez Icaza, defensor de los Derechos Humanos y Magdiel Sánchez, encargado de la logística del viaje, resaltó la importancia histórica de lo que representa partir del zócalo capitalino. “Nos pusimos aquí donde inició este país, donde los primeros fundadores vieron aquí el águila y la serpiente. Nos pusimos aquí porque son las raíces destrozadas a lo largo del tiempo y vaciadas de contenido en nuestras instituciones. Porque buscamos, buscábamos y seguimos buscando refundar esta nación”.

Topilejo, Cuernavaca, Iguala, Chilpancingo, Acapulco, Huajuapan de León, Oaxaca, Juchitán, Ixtepec, Tonalá, Tapachula, Cd. Hidalgo, Guatemala, San Cristóbal de las Casas, Oventic, Ocosingo, Palenque, Villahermosa, Coatzacoalcos, Xalapa y Puebla fueron los lugares que recorrieron más de 600 personas en busca de visibilizar a los invisibles, donde por unas horas se recobraron los espacios públicos  y donde una parte minúscula de la sociedad pidió perdón.

Donde serena el silencio

Hoy la ciudad de Iguala rinde honor a su nombre, que en lengua yohualcehuatl  significa donde serena la noche. Aquí donde el sastre José Magdaleno Ocampo elaborara la primera bandera del México independiente, marcha la Caravana al sur del Movimiento por la paz con justicia y dignidad, mientras la mayoría de los igualtecos, callados, observan a los que, como Félix Pita García, se atreven a romper cercos construidos por la violencia.

Félix Pita, de piel morena  de la que resbalan gotas de sudor por caminar bajo el sol y un prominente bigote canoso, tiene a su hijo Lenin Vladimir de 18 años, desaparecido desde el 1 de marzo del 2010, cuando militares irrumpieron en la discoteca donde trabajaba y se lo llevaron junto con cinco amigos más. “Hoy vivimos esta pesadilla, esta desgracia y le reclamamos al presidente de la república y le decimos que es un inepto porque le estamos presentando un video donde se grabó todo, el momento, el día, siendo las 10:30 de la noche. Ahí está la evidencia, le ha costado el puesto al procurador militar, quién aceptó que si fueron sus militares. ¿Qué más pruebas quiere el presidente?  ¡No es justo! … de no resolverse este problema, el presidente de la república es un criminal” afirma tajante, mientras camina despacio sosteniendo la manta  que muestra los 6 rostros y nombres de los muchachos desparecidos.

El señor Pita García asegura que tiene esperanzas para alcanzar justicia, con el movimiento por la paz. “Aquí estamos en pie de lucha sumando a la caravana por la paz, por la dignidad, por la justicia con Javier Sicilia y esto nos lleva hasta las últimas consecuencias.  Él fue la persona inteligente y valiente que ha sabido de un momento dado, darle cause a esos sentimientos que estaban escondidos. Hoy en día nosotros estamos en la mejor disposición de hacer un eco, cerrar un puño. La esperanza está viva y está latente”  asegura Pita García al mismo tiempo que un grupo de niñas entonan cánticos por la paz exigiendo fin a la guerra contra la delincuencia organizada.

Antes de dirigirse al pueblo de Iguala en la plaza pública de la ciudad, Pita García describe la carga emocional que puede sentir un padre cuando desaparecen a su hijo: “Llorar es poco, decir basta es poco, gente que no ha vivido en carne propia un hecho así se muestra un poco insensible pero viendo estos actos de lucha la gente se suma y la prueba es ésta. No nos hemos de rajar porque estamos en una lucha pacífica”.

Ya en la explanada, en un acto público con el movimiento de paz, Félix García espera su turno para contagiar de alguna manera, su indignación y ganas de lucha a su gente, invitándolos a reaccionar:   “No lloremos por México, luchemos por él”.

 La violencia los junta y el movimiento los cambia

Luchadores sociales y víctimas de violencia comparten a diario el camino sureño de la Caravana por la paz con justicia y dignidad. En algunos casos, ambos personajes tienen en común un pasado violento para tomar caminos diferentes, en otros, eso no es requisito para ejercer solidaridad.

Así sucede con un combatiente social experimentado, de ojos claros y sombrero norteño color caqui, Gabino Gómez del  Centro de Derechos de las Mujeres de Chihuahua, comprometido desde hace años con la realidad de su Estado, también es representante de la delegación estatal en la caravana Del Perdón y habla de su expectativa con el movimiento: Intentamos sensibilizar a la población para poder realmente mover la conciencia de la ciudadanía. Yo la esperanza que tengo es contribuir en eso, y no estoy pensando que con esto se vayan a resolver las cosas porque ni hay voluntad ni hay capacidad. Hoy vinimos a esta caravana de paz buscando sumar esfuerzos para un cambio en las políticas de gobierno. Si no salimos a las calles, si no exigimos, difícilmente habrá un cambio”.

Gabino Gómez asegura que el encuentro de distintas víctimas del norte del país es un mérito del movimiento por la paz: “Por lo menos éste (movimiento) hace ruido para lograr algo de coordinación, es un aliento valioso, importante y sin precedente”.

 También reconoce que al involucrarse con damnificados de fenómenos tan violentos está uno cargado por los problemas de alto impacto que indudablemente te cambian la visión del mundo, eso marca a las personas. Vamos a recorrer la ruta del migrante que yo desconozco pero voy a aprender de una región distinta”.

En ocasiones, la violencia es detonante para que las víctimas se transformen en luchadores sociales mediante investigación, perseverancia y sensibilidad, después de vivir terribles experiencias y soportar interminables angustias, un claro ejemplo es  Fernando Ocegueda  Flores, ahora Presidente de la Asociación Unidos por los Desaparecidos de Baja California, después de la desaparición de su hijo Fernando Ceguera.

“Fernando mi hijo era universitario, a punto de graduarse de la carrera de ingeniería industrial. El día 10 de febrero llegó un comando armado a mi casa y se lo llevó, la razón oficial fue que se equivocaron de levantón con mi hijo. Tiempo después se comunicaron conmigo para pedirme disculpas y que ya me lo habían matado” aseguró Fernando padre, sin que la tristeza perturbe las palabras y con la satisfacción de no rendirse y haber ayudado a personas con el mismo problema.

Tras pistas de su hijo, Ocegueda Flores encontró en una exhaustiva búsqueda una narcofosa en un predio llamado Valle Bonita. “Ahí la persona que los mataba los enterró, había alrededor de 50 cuerpos. Desenterramos todo: dientes, esposas, prendas e infinidad de evidencia. Como en ese tiempo operaba Santiago Meza López El pozolero, los cuerpos los metía en sosa caústica y los restos los enterraba en las narcofosas. La extracción del ADN tarda unos 7 meses y tenemos la esperanza de que sea alguno de nuestros hijos” señaló Fernando Ocegueda con indignación pero templanza.

Gracias al trabajo de Ocegueda Flores junto con otros familiares de desaparecidos, se han  rescatado alrededor de 5 cuerpos, todos entregados a sus familias. “Es un momento de gran satisfacción, esta lucha me motiva, al ver estas sonrisas y darles una alegría a esas personas, aunque me falte encontrar a mi hijo” afirma con tristeza pero con la apariencia de saber que pronto dará con su hijo y que realiza su mejor esfuerzo para lograrlo.

“Nos unimos a este movimiento porque en Baja California el movimiento civil está muy apático, porque es reprimido por las autoridades. Como padres de desaparecidos Tenemos casi 5 años exigiendo resultados y con mucha tristeza vemos que  no se nos toma en cuenta, esperamos de este movimiento una intersección con el estado de Baja California y revivir la esperanza de la población. Nos hemos salvado de no caer en la apatía y por eso estamos aquí” sostiene Fernando Ocegueda orgulloso de abrirse camino en un problema con pocas y escondidas salidas como lo es la desaparición forzada y también preocupado por la falta de movilización de la población en su estado.

“Nadie me ha asesorado yo he estado aprendiendo durante la marcha y lo más importante aprendí a ser cauto con la información que yo recibo para no poner en riesgo a los familiares que pasan por esta situación. He aprendido que a las oficinas de gobierno les importa un comino los asesinados y las desapariciones menos. ‘Ya no lo busque… la que sigue es usted´ son intimidaciones de la Procuraduría que ha recibido y escuchado Fernando Ocegueda al denunciar.

“Yo se las puse toda (la evidencia) en bandeja de oro y la Procuraduría de Derechos Humanos no ha sido digna ni siquiera de dar un pronunciamiento. SIEDO, SEGOB y PGJ no nos falta ninguna instancia” declara molesto Ocegueda Flores al recordar las instituciones a las que acudió y los azotes y discretos cierres de puerta que recibió.

Fernando Ocegueda Flores resume en una frase los prejuicios de la sociedad mexicana actual respecto a la criminalización hacia los desaparecidos con insinuaciones de presuntos nexos de las víctimas con la delincuencia organizada concluyendo que: “Mientras no nos pase algo somos apáticos al dolor ajeno”.

Los migrantes de cara con las bestias.

Ixtepec Oaxaca, una Ciudad de cara al cerro, como solían llamarle los zapotecos a esta zona del Istmo ha sido un cruce ferroviario importante en los recorridos de los trenes Panamericano y Nacional de Tehuantepec. Hoy, como ruta comercial internacional tiene un valor distinto. El mercado delincuente ve como mercancía a los migrantes centroamericanos quienes buscan salir del  monstruo que visita sus hogares todos los días, para alcanzar una esperanza de vida viajando en el lomo de una bestia.

Noel Bautista viene de Honduras, tiene una hija de 10 años y asume que no tiene con qué alimentarla y mantener sus estudios. “A mí me duele en el alma que mi niña me diga dame un pan y yo decirle que no tengo”. Lamenta el hondureño de piel morena y un ligero bigote mientras carga una pancarta con leyendas que exigen se respeten los derechos de los migrantes al pasar por México.

Bautista ya sabe lo que es llegar a Estados Unidos, trabajar ahí de carpintero, pero también ha sido estafado al intentar cruzar México. “No lo dejan trabajar a uno, de ilegal trabaja uno o dos meses y lo agarran y de vuelta a su país”.

Noel no ha descansando del peligroso viaje, llegó ayer en la noche al albergue de migrantes Hermanos en el Camino que dirige el padre Alejandro Solalinde, después de doce horas de trayecto sobre un tren desde Arriaga. Las condiciones en su natal Villanueva de Cortés lo han obligado a salir. “De ninguna forma sale adelante uno, si pone negocio uno en la casa lo matan los maras. Más si ellos se dan cuenta que uno vivió en Estados Unidos, uno tiene que estar preso en su propia casa, piensan que trae uno feria”.

Durante el viaje Noel Bautista ha estado incomunicado con su familia por quince días y le apuesta a la suerte para conseguir una llamada que le permita enterar a su esposa y a su hija, que está vivo. “En manos de Dios si todo sale bien llego a San Luis, me cruza el pollero a Texas, tengo familiares que ya me ayudan a pagarle estando del otro lado y como en un mes estaría llegando, la fe es la importante la mira que llevamos es pa ´arriba”. Así sentencia el joven catracho quien al escuchar el pitido de la bestia, no pierde tiempo, en medio de obscuridad y lodo desaparece alrededor de las vías, buscando un lugar.

Muñecos de trapo alrededor del contingente simbolizan a las víctimas de violencia y complementan el paisaje triste que como humo, penetra y nubla los ojos de periodistas y activistas que contemplan al estático tren devorahombres.

 Un mexicano se hermana

El padre Alejandro Solalinde, un defensor de los derechos de los migrantes, reitera su postura por un cambio de visión hacia el pueblo centroamericano: “Yo para ellos no pido limosnas porque son pobres y dignos, ni tampoco estoy pidiendo que vayan a poner empresas para explotarlos de la forma que sea, yo estoy pidiendo que haya una visión diferente no con ojos de comerciante voraz para obtener ganancia”.

 Solalinde recibe, persigna y se toma fotos con las personas que lo siguen, asegura que la acumulación no es cristiana, e insiste que hay con qué apoyar a los vecinos sureños. “Hay recursos pero somos ojetes y somos mezquinos. América Central no necesita dádivas ni limosnas necesita una nueva visión con nuestros hermanos, que nos duelan, no negocios que enriquezcan, sino oportunidades para ellos”.

El norte canta con el sur

Julián Le Barón, un campesino chihuahuense, ícono del Movimiento por la Paz tras el asesinato de su hermano Benjamín. Es su visita por primera vez a Oaxaca y ya es testigo de la partida de migrantes encima de la bestia, de cara a sus mortales peligros.  “Siento mucha compasión por la lucha de ellos, por la falta de oportunidades que tienen, que sean tan maltratados, especialmente en mi país y quisiera que todos reconociéramos que si no protestamos también estamos participando en ese crimen”.

Le Barón de sombrero ranchero y ojos acuosos que delatan ganas de llorar conoce desde antes el dolor migrante: “Yo he trabajado con hondureños y salvadoreños en Estados Unidos y me han pedido dinero porque tienen secuestrada una hermana los zetas y necesitan pagarles para que no la maten, me duele ver que eso sucede en mi país”.

La lluvia comienza y provoca que activistas, periodistas, víctimas y migrantes se resguarden para cenar y escapar de la tormenta. Pero también se distraen y olvidan sólo por unos minutos la tragedia, el peligro y el miedo. Cantan, ríen, convierten un albergue de olvidados en una fiesta cultural.

Como Nepomuceno Moreno, un señor de Sonora que viste playera a rayas, de bigote blanco y prominente, tiene su hijo desparecido desde 2010, ahora graba con su celular y entona el corrido a Rubén Jaramillo de José de Molina que interpretan sus amigos migrantes y activistas: “Tres jinetes en el cielo,  cabalgan con mucho brío,  esos tres jinetes son: Che, Zapata y Jaramillo”.

Tras los aplausos, la música y la comida se convierten en un ligero bálsamo para el dolor de migrantes, campesinos, familiares y para una pequeña parte del Istmo en Ixtepec.

 

El grito del dolor

La caravana desahoga las palabras que cierra el candado del silencio en las bocas de la población, como lo hizo en las calles angostas y coloniales de San Cristóbal de las Casas  donde la lluvia cayó sobre la plaza y sus asistentes, quienes caminaron kilómetros para dar un grito distinto al que escuchó el país este 15 de septiembre, uno que tuvo epicentro en el teatro Hermanos Domínguez y encontró portavoz en un poeta en lugar de un cura o un funcionario.

Así lo dijo Javier Sicilia, cansado por el viaje desde la frontera con Guatemala. Mencionó cada uno de los motivos por los cuales el grito de independencia se había hecho impronunciable:

“Hoy no podemos gritar ‘Viva México’ porque tenemos una guerra en donde se secuestra a nuestros hijos e hijas, se les desaparece, se les viola, se les asesina o se les corrompe… no podemos pronunciar el nombre de los seres que nos dieron patria porque a falta de un tejido social que la clase política y el desprecio de los poderes fácticos ha ido desgarrando, nuestros jóvenes y niños tienen destruido su futuro, que es el futuro del país… no podemos gritar porque cargamos a cuestas el nombre de nuestros muertos que la frialdad del Estado, el más frío de los monstruos fríos, ha querido borrar bajo la criminalización, la estadística y el desprecio que insulta con el epíteto de bajas colaterales… no podemos gritar porque el gobierno, al igual que los delincuentes del crimen organizado, sólo tienen imaginación para la violencia y quieren militarizar al país como una falsa garantía de paz… no podemos gritar porque el latido del corazón de la patria está desacompasado y hundidos en un pantano hecho de miseria y despojo ya no sentimos el suelo de la patria bajo nuestros pies…”

Las razones fueron antesala para el clamor del silencio y del dolor:

“Por eso, hoy 15 de septiembre del 2011, guardamos silencio, como lo hicimos durante la marcha rumbo a la Ciudad de México, el 5 de mayo, ese silencio grita que nuestra Independencia está traicionada, que la sangre de nuestros héroes en la sangre de los hijos y las hijas de la patria, que la corrupción del Estado y los señores de la muerte han negado, que humillan, y los gritos de independencia que los poderes gritan hoy en las plazas vacías, es una mentira que nos humilla a todos”

Comparó la estructura de la guerra contra la delincuencia con el lodo, en el que el agua y la tierra están mezcladas así como las fronteras de gobiernos y criminales para después culparlos por no cumplir con la tradición alegre de celebrar una independencia.

Aquí los héroes que nos dieron patria fueron los nombres de mujeres y hombres desconocidos por muchos,  que se atrevieron a denunciar desde un anfiteatro frente a contingentes zapatistas, indígenas, sindicales, migrantes y de organizaciones de derechos humanos, la violencia que ven, que viven y que intentan combatir.

Uno de ellos es Gabino Gómez, activista y defensor de derechos humanos, quien con su sombrero regional y un letrero con la imagen de la asesinada Marisela Escobedo, denunció un caso del que no se habla. “Hoy vengo en nombre de Ema Veleta, quien el pasado 16 de agosto, cuando se cumplieron tres años de la masacre de Creel, se me acercó cargando todas las penas del mundo. Cuando uno cree que ya nada peor puede pasar, vemos que en Chihuahua siguen pasando las peores cosas del mundo. Esta mujer me relata su pena y la invito a venir a la caravana, dice ‘no puedo, estoy destrozada… se llevaron a todos los hombres de mi familia’. Imaginen ustedes la pena que está sufriendo, he recorrido y conozco muchísimos casos de desaparición forzada y no conozco otro en el que a una familia le hayan arrebatado todos los hombres” afirmó el también campesino con voz ronca y suficientemente fuerte para capturar la atención de los manifestantes.

Gabino Gómez habló de aquella tarde en Creel, cómo  el 19 de julio estando en una comida familiar celebrando el día del padre, llegó un grupo de hombres vestidos de negro portando en las chamarras el nombre de Policía Federal  se llevó al esposo de Ema Veleta, Toribio Jaime Muñoz, a cuatro hijos, Guadalupe, Jaime, Oscar y Hugo Muñoz, a su nieto, Luis Romo Muñoz, a su sobrino, Nemesio Solís González y a su yerno, Óscar Cruz Bustos.

Subió el tono de voz, mayor era su energía frente al micrófono, probablemente porque aumentaba su indignación al decir que “Ese día estando en dicha fiesta llega un hombre y hace unos disparos, llega a provocar a la familia. Le llaman a la policía, y llega una del municipio que se niega a detener a esta persona con el argumento de que no se sabe quién es, en este pueblo de Anáhuac que se encuentra a 100Km de Chihuahua. Ante la respuesta de la policía municipal hay enojo y molestia, uno de los miembros de la familia Muñoz Veleta, va con una de las patrullas y le dice: ‘Váyase, para qué vinieron’ fue hecho suficiente para que llegaran los hombres de negro por ellos”.

“Por eso hoy me atrevo en este rincón de la patria a denunciar este hecho de horror que pasa en el norte. No podemos permanecer indiferentes, apáticos como si nada estuviera pasando. Tenemos que salir a exigir justicia, que pare esta atrocidad” con esto Gabino Gómez invitó a los medios y a la sociedad a exigir la reaparición de los hombres de Anáhuac.

Así soltó el grito el Movimiento por la Paz, con dolor, con incertidumbre e impotencia.

“…la Paz es el camino”

Nepomuceno Moreno, Fernando Ocegueda (padre e hijo), Rosario Cabañas, Carlos René Román Salazar, Félix Pita García, Julián Le Barón, Noel Bautista, Ema Veleta, Javier Sicilia, Jethro Ramsés, Marisela Escobedo, Gaby Benítez, Joaquín Figueroa, Araceli Rodríguez Nava… la lista de las víctimas que representan el dolor de un país es larga, pero en once días alzaron la voz por las personas asesinadas, desaparecidas, secuestradas, torturadas, heridas, abandonadas, violadas, desplazadas, agredidas, marginadas, desprotegidas, tratadas como mercancía.

Víctimas, activistas, niños, niñas, padres, escritores, migrantes, poetas, músicos, mimos, periodistas, choferes, estudiantes, amas de casa, ingenieros, ajedrecistas, campesinos, camarógrafos y comerciantes libraron por momentos su condición para convertirse en soldados de paz, que ríen, se divierten, exigen, lloran y gritan que no todo está perdido.

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