Se organizan víctimas de la guerra

11 05 2011

Daniela Rea / REFORMA

4 de mayo de 2011

Habían pasado tres semanas desde que su esposo fue asesinado a balazos. En todo ese tiempo Érika no comía, no dormía, no se bañaba, no salía de su habitación donde sólo se le iba en llorar frente a la ropa, las fotos de Óscar García. No se acordaba ni de sus hijos, tres pequeños de 2, 6 y 10 años, que trataban de explicarse por qué su papá se había ido al cielo y su mamá, a sus 28 años, estaba muerta en vida. “Me vi dejándome morir, y los vi a ellos. Los íbamos a educar mi esposo y yo, ahora sólo yo. En mí estar hacer unos buenos ciudadanos. ¿Me dejo morir? ¿Les dejo de poner atención? ¿Qué viene, unos futuros secuestradores, asaltantes, sicarios? Todo está en mí, tengo poner mi granito de arena para que el mundo que viene sea mejor para ellos”, se dijo Érika la mañana que decidió salir de su cuarto a buscar ayuda. Son las víctimas de la guerra, familias doblemente huérfanas que perdieron a uno de los suyos –asesinado, desaparecido o detenido- y que padecen la ausencia del Estado al incumplir la obligación de garantizar seguridad, y después de dar justicia, de reparar el daño, de atender el duelo. Incubado en el dolor de la ausencia, nació el trabajo por rescatarse a sí mismas, apoyadas por organizaciones de la sociedad civil, que a contrarreloj, adecuaron sus objetivos y métodos de trabajo, preguntando aquí y allá para tratar de entender el impacto social e individual y esbozar algunas propuestas de atención. “Cuando fui a buscar ayuda me di cuenta que en el gobierno no había apoyos, te dicen que no hay programas, que luego regreses y para uno que carga con el dolor a todos lados, nos quitan la esperanza, las ganas de salir adelante, da coraje”, cuenta Érika, radicada en Ciudad Juárez y voluntaria de Salud y Bienestar Comunitario (SABIC). “La organización ciudadana es una necesidad, no hay alternativas. El derecho a saber el destino de tus familiares, a sanar el corazón por su muerte, es algo que nadie más puede cumplir porque el Estado no tiene una política de atención a las víctimas, por el contrario criminaliza, estigmatiza”, explica Javier Monroy, del Comité de Familiares y Amigos de Secuestrados, Desaparecidos y Asesinados en Guerrero. Como ésta, poco a poco han surgido organizaciones para que el impacto de la guerra no termine por desbordar a una sociedad herida, sobre todo en el norte del País. Ahí están los grupos de duelo grupal en Ciudad Juárez, las familias en busca de sus desaparecidos en Torreón, Tijuana, Tamaulipas, Guerrero y Guanajuato, pero el esfuerzo es rebasado por la tragedia que vive México: cerca de 40 mil muertos con sus viudas y huérfanos, 5 mil 397 desaparecidos. “En Guerrero hay más de 289 desaparecidos del 2005 a lo que va del 2011 y apoyamos directamente a 33 casos. Es muy difícil para las familias hacer la denuncia, insistir en la búsqueda de justicia, por miedo, porque hay impunidad. A su esfuerzo debería haber una respuesta del Estado, no lo hay”, dice Monroy. RESURGIR DEL DOLOR Érika se acercó a SABIC que atiende con medicina alternativa y terapia grupal a las víctimas de la guerra. Desde años antes, la organización trabajaba en la colonia López Mateos para las mujeres víctimas de la violencia intrafamiliar y labora, pero en los años recientes se vieron obligadas a crear atención para las viudas y sus huérfanos, en quienes encontraron por el estrés enfermedades de adultos como la colitis y las úlceras. Después, decidió volverse voluntaria y sacar de los rincones del duelo a las dolientes que, como ella, estuvieron a punto de abandonarse. Con las brigadas de atención va de barrio en barrio, hace diagnósticos y las invita a las terapias. Ella es el ejemplo de que se puede salir adelante. “Dar mi testimonio y una palabra de aliento, yo he pasado lo mismo… eso me ayuda en pensar que no soy la única, el decirle a esas personas que se puede salir adelante, que hay ayuda”, dice, ahora con conocimientos de técnicas de masaje y terapia floral. El trabajo de las voluntarias es indispensable. Como brigadista Érika conoció el caso de una joven que se suicidó dos semanas después de quedar viuda, dejó a tres pequeños huérfanos. Elizabeth Lugo también es voluntaria de SABIC, dos veces por semana, la recién egresada de sicología toma su auto y cruza la ciudad hasta la cima del Cerro de las Letras para atender a los niños huérfanos. No recibe del Estado apoyo ni para la gasolina. Lilia Vázquez López busca a su esposo Jesús Bello Moreno desde el 17 de diciembre del 2008, desaparecido en Guerrero. Cuando presentó su denuncia ante la Comisión Estatal de Derechos Humanos conoció al Comité y decidió sumarse a él. “Cuando los conocí fueron las lágrimas que nos presentaron, la pena que nos unió, ahí no era necesario decir palabras para sentir el apoyo”, relata desde su casa. La tristeza y estrés por la desaparición de Jesús, Lilia detonó una segunda embolia que limitó su capacidad para trabajar como costurera y en la venta de antojitos, empleos de por sí emergentes por la ausencia de su pareja. Sus hijos de 18 y 20 años también debieron llevar ingresos a la casa. Lilia pidió a Sedesol de Guerrero recursos para una máquina de coser porque la suya tronó y el trámite se perdió en los papeles de la dependencia entre el cambio de delegado. Ni siquiera con eso la apoyaron. Las marchas y conferencias de prensa del movimiento no han resuelto ninguna de sus necesidades, pero ha logrado acabar con la estigmatización de su esposo, de quien pensaban fue desaparecido porque andaba en malos pasos. “Ahora ven lo de Sicilia y lo de San Fernando y la gente se da cuenta que no se necesita ser malo para que le pasen cosas, aunque uno ande sólo en buenos pasos. Eso me hace sentir más fuerte, que poquito nos escuchan, que ponemos su nombre en alto, veo la situación que vivimos y digo ‘ah caray, sí que somos fuertes'”, comparte Lilia. ESTADO AUSENTE Javier Monroy es sociólogo y explica muy claro cómo la muerte o desaparición de una persona va desmoronando poco a poco la vida interna de sus familias. “El primer impacto es la desintegración familiar. Como las mujeres son quienes generalmente toman la iniciativa de organizarse, los esposos las abandonan con el argumento del miedo, de que les pueden hacer algo. “Esa desintegración familiar lleva a las mujeres a abandonar el proceso. Es muy común que les digan ‘no te metas, tienes otros hijos, algo les puede pasar’. Luego vienen los problemas económicos, madres de familia que de pronto tienen que ponerse al frente de la casa, los gastos, los hijos. Y en muchos casos los problemas de salud, vienen las embolias, las úlceras por el estrés. El gobierno tiene que ver esto como una contingencia social porque muchas familias quedan en el desamparo emocional, económico”, detalla. Ante tales necesidades, las víctimas no encuentran eco en el gobierno. El año pasado, por ejemplo, el Comité intentó sin éxito obtener recursos federales a través de apoyos a las organizaciones de la sociedad civil, les argumentaron que ese rubro de atención (asesoría emocional y jurídica a familiares de desaparecidos) no estaba entre los objetivos del programa de Sedesol. También acudieron al gobierno estatal, a la Universidad Autónoma de Guerrero, ambos les negaron el apoyo. “Necesitamos abogados, sicólogos que se quieran involucrar. Buscamos apoyo en el entonces rector (Arturo Contreras Gómez) y no nos quiso recibir, luego fue secuestrado el año pasado, por eso nuestra propaganda dice ‘ojalá no te pase esto a ti’”, refiere. Hasta el momento sólo el estado de Chihuahua ha creado un fondo para la atención a víctimas de la guerra, con 100 millones de pesos, insuficientes. La diputada Teresa Inchaústegui y la especialista en política social Clara Jusidman han reclamado al gobierno federal la creación de un fondo nacional. A la fecha, la petición no ha sido respaldada.

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