Marcha del silencio, coro de agravios

9 05 2011

Daniela Rea / REFORMA

(9 de mayo de 2011)
Las voces de las víctimas aún se escuchaban en el Zócalo cuando terminó el mitin. Uno tras otro, los dolientes tomaron el micrófono para denunciar su caso o presentar a su muerto. La marcha del silencio convocada por el poeta Javier Sicilia se convirtió en un coro de agravios.
“Mi hijo Jorge Moreno de 18 años fue desaparecido por policías en Ciudad Obregón en julio del 2010. Desde entonces no sé nada de él. De vez en cuando, todavía le llamo a su celular con la esperanza de que me conteste”, dijo Nepomuceno Moreno quien llegó desde Hermosillo sólo con un cambio de ropa, los expedientes del caso escondidos en su chamarra y la fotografía de su muchacho.
“A mi hija con discapacidad e invidente la violaron. Por pedir justicia al procurador (de Jalisco) Tomás Coronado Olmos me han amenazado dos veces y me dijeron que la tercera es la vencida, como le dijeron a la señora Marisela (Escobedo)”, denunció una mujer desde el templete, con la voz quebrada por el llanto.
“Mi esposa Josefina, mis dos hijas veinteañeras Joana y Carla, y Araceli que nos ayudaba con el aseo fueron desaparecidas de mi casa en Jalapa el 6 de enero. Vine aquí con sus fotos para que me las regresen quienes las tengan. Sólo eso quiero, regrésenme a mi familia”, repitió Carlos Castro a quien lo quiso escuchar durante la caminata.
“Mi hijo Víctor Castro Santillón, universitario de la UNAM, murió en Monterrey el año pasado. Estaba en un intercambio académico y fue secuestrado de la Facultad de Sicología. Fuimos a exigir justicia a Nuevo León y nos corrieron del Estado”, denunció José Vicente Castro, con la fotografía del joven tocando la guitarra, impresa casi a su tamaño.
Marchar. Elevar el estandarte con el rostro o el nombre de sus muertos. Contar por primera vez y en murmullos su dolor por el desaparecido. Gritarlo al micrófono frente a miles de personas. Hacer catarsis. Reivindicar los nombres olvidados. Sacar el duelo escondido en las casas. Perder el miedo. Sentirse acompañados.
En las calles de la Ciudad de México y su Zócalo las víctimas de la impunidad se hicieron escuchar. Llegaron aquí desde todo el País en respuesta a la convocatoria que hizo un hombre hasta entonces desconocido para la mayoría. Un poeta que como ellos tiene el alma mutilada. Algunos caminaron desvelados bajo el sol luego de manejar 18, 20 horas seguidas, otros con la deuda del boleto de avión o autobús. Solitarios o acompañados, sin saber dónde dormir esta noche. Con el nombre de su muerto o desaparecido como única certeza.
“Yo soy Grace Barrios, soy una abuela de 60 años y estoy buscando a mi nieto Geovani, desaparecido hace 3 años en Reynosa. Él es ciudadano americano y su País, y mi País nos abandonó”, dijo la mujer acompañada de su esposo de 66 años y un nieto de brazos.
“Venimos aquí a recordarle a Marcelo Ebrard, ese que quiere ser presidente, que tiene las manos llenas de sangre. Venimos a recordarle el nombre de nuestros hijos muertos en el News Divine”, dijo Leticia Morales, madre de Rafa asesinado a sus 18 años.
“A mi esposo Jaime Ramírez lo desaparecieron en Piedras Negras con sus 11 compañeros de trabajo, al parecer detenidos por judiciales. Ellos vendían pintura, son del Estado de México. El Presidente Calderón ha dicho que no le importa, va a seguir con su guerra y nosotros le decimos entonces que ponga a su familia al frente de su guerra”, exigió Reyna Estrada, una mujer humilde.
“Yo quiero hacer un reconocimiento a las viudas, a las mamás sin hijos, a los policías muertos en su deber. Y a los secuestradores, a los que desaparecen gente, les digo gánense un poco de perdón y devuelvan los cuerpos, regresen a los vivos”, clamó desde el templete Silvia Escalera, cuya hija Silvia Vargas fue secuestrada y asesinada en el 2007.
En el Zócalo se leyeron los nombres de las víctimas de Villas de Salvárcar, de la Guardería ABC, de la familia Reyes Salazar, Le Barón y los jóvenes de Morelos asesinados junto a Juan Francisco Sicilia. A cada nombre la plaza entera respondía con un “No debió morir”, algunos rostros con lágrimas en los ojos. A ellos y todos los muertos anónimos se ofrendaron 5 minutos de silencio, acompañados por las campanadas de la Catedral.
Horas antes, cuando la vanguardia de la caravana aún no llegaba al Zócalo, 71 testimonios de la vergüenza de este País fueron compartidos desde el templete y la larga lista de espera creció tanto como la marcha. Ya lo habían dicho en la UNAM un día antes, se necesitarían más de 40 mil horas para escuchar apenas el nombre de los muertos de la guerra.

Inician 200 terminan miles
Daniela Rea /REFORMA

Comenzaron 200 y sumaron miles. La convocatoria del poeta Javier Sicilia sacó de casas, escuelas, comercios y oficinas a víctimas y ciudadanos comunes y desconocidos, que coincidían en el reclamo de alto a la guerra.
Desde Cuernavaca marchó Rebeca con un muerto ajeno que adoptó como propio. Edgar Peralta de 29 años, sabría después, murió a balazos frente a su casa. Ella lo acompañó a morir. Alguien más llamó a una ambulancia, pero primero llegó el Ejército porque para el gobierno todos los muertos “son narcos”. No para ella, quien durante veinte minutos le sostuvo la mano y le dijo que se fuera tranquilo.
Se sumó también María Martínez, doctora en educación originaria de Cuautitlán Izcalli. Decidió venir a la marcha hace apenas unos días cuando a bordo de su automóvil presenció el macabro hallazgo de 4 cabezas humanas sobre un BMW. María dice que no puede esperarse a que algo le ocurra a sus hijos para actuar. Con ese ímpetu, convenció a un par de vecinas que dejaron los días de club por la movilización.
Con ciudadanos como ellas, poco a poco la marcha creció, de mil 200 que llegaron a la Ciudad de México se contaban 15 mil, 30 mil, 50 mil. Padres de familia con sus hijos en carriolas y un “gracias por pensar en nuestro futuro”, ancianos que con esfuerzos daban pasos lentos y jorobados, estudiantes “ninis”, ni militares ni narcos.
En Churubusco se sumaron 14 amigos, albañiles y ambulantes de Orizaba. Cansados, sudados, con el pelo enmarañado y las mochilas a la espalda, vinieron a reclamar la aparición de su amigo Gabriel Gómez Caña. Inspirados por el poeta, iniciaron su marcha desde el jueves 5 y realizaron pequeños mítines en cada poblado intermedio, convocando a la movilización nacional.
El cruce con Viaducto fue la sorpresa. Al subir la pequeña loma, se descubrió un Eje Central repleto de ciudadanos hasta donde la vista alcanzaba. Hacia adelante de la vanguardia otra marcha había surgido, casi todos personas de clase media que salieron casi espontáneos, sin organización. Hacia atrás, a la peregrinación de los dolientes seguían 30 mil solidarios.
Ahí se había sumado el contingente de la Policía Comunitaria de Guerrero, una escolta de ocho hombres uniformados y Asunción Ponce al frente sosteniendo la bandera nacional. “Venimos a enseñar nuestra experiencia a este problema para que se organicen y vigilen sus colonias, sus barrios”. La lógica de los indígenas es que sólo el pueblo conoce al pueblo y sabe cómo vigilarlo. Los policías no reciben salario, son escogidos en Asamblea y si incumplen sus funciones, los mandan a trabajo comunitario y a reeducación con el consejo de ancianos.
Llegaron también los indígenas de Cherán en 10 autobuses. Con el rostro cubierto con paliacates y una manta del tamaño de una casa que decía “Cherán exige justicia”, saludaron al poeta Sicilia, a quien le compartieron su preocupación porque su bosque y pueblo vive amenazado por el crimen del gobierno y de los delincuentes.
Luego de tres días de marcha, de casi 80 kilómetros tejidos con testimonios de víctimas y ciudadanos indignados, miles llegaron al Zócalo. La siguiente escala es responder a la convocatoria de un pacto social.

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