Las mil plagas de la copra

23 03 2011

Marcela Turati

Proceso # 1794, 20 de marzo de 2011

 

Han sido muchas las calamidades que golpearon a los productores de coco y copra de Tabasco: la contaminación que les llevó Pemex con sus mecheros y lluvia ácida; la fauna desplazada por el desmonte de otras zonas y que se alimenta de los frutos; algunos insectos… pero la peor fue haber caído en manos de explotadores que aparentemente les escamotean las ganancias de una empresa que los copreros construyeron con muchos años de trabajo.

 

PARAÍSO, TABASCO.- Éver Oyosa Márquez tiene 88 años y la certeza de que la muerte se aproxima. Narra a Proceso su historia de sobreviviente a dos operaciones de corazón, su desgracia como productor de coco y las 10 mil acciones que compró para construir el emporio de la copra (la pulpa seca del coco), del que nunca ha visto ganancias.

Extiende un recibo amarillento fechado el 9 de diciembre de 1979 y firmado por su hermano Raúl, donde consta que vendió 7 mil 707 kilos de copra por un total de mil 541 pesos; por cada kilo le descontaron 30 centavos para construir una fábrica. “Este recibo –advierte la leyenda impresa– se canjeará por su equivalente en acciones de Oleaginosas del Sureste, SA”.

Con ese descuento –primero de 10 centavos por kilo, luego de 30, durante ocho años–, alrededor de 6 mil copreros de siete municipios levantaron una industria con centros de acopio, terrenos, fábricas, máquinas y camiones, para asegurarse una pensión en la vejez.

“Se ha muerto un resto de productores esperando recibir unos centavos de todo lo que invertimos. Unos muertos son mis hermanos Humberto, Mario y Bolívar, que no vieron nada”, dice. “Nuestra vida es un poquito medio trágica”.

Éver Oyosa se quedó sin tierra: Pemex se la echó a perder con la lluvia ácida. Sus ahorros en el banco se esfumaron con la devaluación lopezportillista. De sus acciones nunca ha visto ganancias. Pero sigue en la lucha. Por eso un domingo de cada mes va a una bodega en la carretera Paraíso-Puerto Ceiba, donde se encuentra con otros accionistas que durante 11 años han peleado por las utilidades que les corresponden del emporio de la copra. Proceso acudió a una de esas asambleas.

–El problema es que el líder de los copreros nos tiene subyugados, nos paga como quiere –dice Agustín Segura, de 71 años.

–¡A veces hasta fiado! –se escucha el grito desde el fondo de la bodega.

–No tenemos apoyo ni fertilizantes. Somos accionistas pero no gozamos ni un beneficio de la planta. Han muerto unos 20, 30 compañeros esperando que llegue… y nada –vuelve a reclamar don Agustín.

La furia está dirigida contra Pedro Rodríguez Reyes, un profesor que nunca se dedicó a la producción del coco, que cuando la empresa fue declarada en bancarrota se sumó al movimiento de accionistas que querían recuperarla y que en 1997 quedó como su director.

Desde entonces es llamado el Zar de la Copra. Escaló a diputado priista. En la asamblea lo acusan de andar en carros de lujo, ser protegido de los gobernadores y tener guaruras.

En un rosario de quejas dicen que han protestado en Villahermosa, solicitado reuniones con funcionarios, denunciado la corrupción en los noticieros, contratado abogados, solicitado ayuda con legisladores y políticos, y hasta enviado cartas a Los Pinos, pero nunca han sido escuchados.

–Nos quitaron hasta 30 centavos por kilo para hacer la fábrica, están riquísimos con puro carro de lujo y nosotros no tenemos ni bicicleta, tenemos que recorrer todas las dependencias y no nos escucha toda esa mafia –grita enojado Gustavo Colorado Chang, de 69 años, quien llegó a recoger hasta 95 mil kilos de coco en un año.

–A nosotros nos descontaban para todo, para comprar los camiones, para acarrear la copra, pagamos el teléfono y la gasolina, y ese señor nomás ha vivido de nosotros. Pero todavía los del gobierno federal le dan sus billetes –denuncia Lucía Suárez González, de Centla.

Muchos ancianos representan en la asamblea a otros que ya no pueden moverse. O incluso a difuntos. En su lugar llegan las nuevas generaciones, como Carmen Santos de la Cruz, de 68 años, hija de una pareja de accionistas finados.

–No estamos pidiendo que nos regalen nada. Lo único que queremos es que el gobierno intervenga y ayude a que nos paguen todas las acciones de la fábrica que construimos con nuestro sudor. Ya nos estamos muriendo y no tenemos nada –tiembla enojado, con su cara de tronco viejo, con la voz temblorosa Víctor León Ramírez de 85 años.

Desesperado, el septuagenario Encarnación Bautista Moa, dueño de la bodega donde se reúnen los accionistas, empezó a vender su terreno en lotes “a modo de sobrevivir”, explica. Ya no resembró. “Pensé meter una vaca que a los seis meses ya tiene becerro y vale 3 o 4 mil, y si resiembras vas a cosechar hasta dentro de ocho o 10 años. Ya no reditúa, ya no da”.

 

Rescate milagroso

 

Oleaginosas del Sureste, empresa de capital social, se constituyó el 26 de mayo de 1972 con un aporte inicial del Banco Agropecuario del Sureste y con los descuentos a los productores de coco de Paraíso, Cárdenas, Centla, Centro, Comalcalco, Nacajuca y Jalpa de Méndez. La aportación comunitaria se calcula en 37 millones de pesos.

En 1993 los directivos de la empresa la declararon en quiebra. En 1996 un tribunal declaró nulo el hecho y desde 2000 volvió a operar, ahora con el nombre de Copreros Unidos de Tabasco, bajo la dirección de Rodríguez Reyes y otros socios-accionistas a los que se acusa de haber asumido al poder a escondidas de los productores.

Según los datos del Comité de Lucha Oleaginosas del Sureste, creado para pelear por el reconocimiento de las acciones, alrededor de 6 mil 167 campesinos que financiaron la planta poseen 12.7 millones de acciones, de las que no han visto ganancias.

Cuando Oleaginosas del Sureste se declaró en quiebra tenía un terreno de 9 hectáreas, planta de extracción mecánica para 40 mil toneladas anuales de copra, planta de refinación e hidrogenación para 14 mil toneladas de aceite, planta de extracción de solventes para 60 mil toneladas de frijol de soya, planta electrolítica para 340 mil metros cúbicos de hidrógeno, almacenes y construcción para oficina, cinco tráileres y dos camiones, la fábrica Jabones del Sureste y producía aceite y pasta de coco.

Además cubría demandas de fábricas como Coca-Cola, Corona y Bimbo.

Hace 11 años, cuando la empresa se reactivó, los copreros volvieron a vender su producto a la fábrica. Pero nunca recibieron utilidades.

Según el comité, cuando reclamaron beneficios Rodríguez Reyes les dijo que dado que la empresa llevaba nuevo nombre hubo “borrón y cuenta nueva”. Después se justificó con el desplome del precio de la copra. Luego dijo que le tenían que quitar tres ceros al costo de sus acciones cuando se le quitaron los ceros al peso. Luego pidió que ellos realizaran un avalúo de la planta para que vieran cuánto les correspondía.

“Entre 200 compañeros pagamos 60 mil pesos para el avalúo; imagínese lo que significa para la gente de la tercera edad. Tuvieron que vender animales para pagarlo. Nos dijeron que valía 121 millones de pesos”, dice el presidente del comité, Javier López Contreras.

“Fuimos con don Pedro, le dijimos eso y nos respondió: ‘Las acciones no se las podemos pagar, hagan lo que quieran. Vayan al Vaticano, traigan a George Bush o al presidente, a mí no me hacen nada’. Lo dijo frente a los funcionarios de la Sedafop (Secretaría de Desarrollo Agropecuario, Forestal y Pesca).

“Hasta el momento el gobierno del estado no quiere intervenir porque lo considera un pleito entre particulares. Y yo me pregunto, ¿de quién son responsabilidad los recursos del estado, si Sagarpa y Sedafop le dan recursos?”, alterna el productor Bernardo Paniagua, secretario del comité.

Ambos dicen que han sido amenazados por mantener su lucha.

 

Las plagas del coco

 

Eladio López Pérez, de 72 años, se pasea por sus 11 hectáreas de palmeras. Pero los árboles no están sanos: troncos pelones, calvos, sin penacho; plantas de 12 años que nunca dieron el estirón y otras que parecen saludables pero alumbran cocos del tamaño de un mango. Todas tienen las hojas amarillentas, con manchas negras por el humo tóxico de Pemex.

Don Eladio va pateando cadáveres de cocos: unos de tamaño de un tamal porque así los abortó la planta antes de que maduraran; otros, grandecitos, antojables, que tienen mordidas de ardillas que se comieron su pulpa y se bebieron su jugo. Otros del tamaño de un balón pero viejos, casi petrificados, y son una muestra de lo que un día produjo esta tierra.

El coprero añora los tiempos en los que recogía hasta 5 mil cocos cada 15 días. Ahora si acaso recoge 10 mil cocos enanos en todo el año. Y eso que vive en Paraíso, que producía 80% de la copra del país y que daba también cacao, pimienta y cítricos.

Las plagas que arruinaron al coco son muchas: la llegada de Pemex que instaló mecheros en la zona; la devastación de 2 mil hectáreas para construir el puerto de altura; el desplazamiento por deforestación de las ardillas que se comen los cocos; el envejecimiento de los cocotales; la llegada de las plagas de abejorro picudo y amarillo letal; la apertura comercial a los aceites de otros países; la falta de transparencia de El Zar de la Copra y sus colaboradores; el desmonte de terrenos para alimentar ganado.

Para contrarrestar las plagas el líder de los copreros y el gobierno estatal exportaron la variedad de coco híbrido enano malayo que se mezcló con la local, el alto del Pacífico, y dio frutos pequeños que, aunque crecen rápido, dan menos carne y viven la mitad del tiempo. Y no todos pudieron sembrar.

“El sector coprero hizo el planteamiento de sembrar el coco híbrido, pero los compañeros de la tercera edad no pueden hacer el trabajo de tumbar la mata adulta, como plantea el gobierno del estado y esperar hasta cuatro años para que crezca la planta. Ellos necesitan comer todos los días. En Tabasco el coco ya no es negocio”, explica don Eladio.

Su ayudante, un jornalero anciano que lleva las chanclas de plástico remendadas con mecate, agrega: “Así como las plantas se mueren nosotros también: aquí hay cáncer, hay mal de azúcar que pudre los pies, hay dolor de cabeza, el ruido del mechón llena las casas, a veces está calmito pero expide un olor a peste y podredumbre, como azufre o llanta quemada”.

Ellos, como todos, perdieron el cacao, los cítricos, los pimentales. Para comprobarlo muestra un expediente que compendia las cartas que envió de 1988 a 2004 donde pide al gobierno estatal y a Pemex que lo indemnicen por los daños a su tierra, e incluye las pruebas de laboratorio que muestran los anormales niveles de cromo, mercurio, níquel, plomo y zinc hallados por un laboratorio.

“En este año mi reclamación ha cumplido ya 19 años, ya se ha hecho mayor de edad y sigue confinada en el olvido. Actualmente mi rancho cocotero es un auténtico desastre ambiental”, se lee en el último escrito.

 

El emporio del “Zar”

 

En el patio del centro municipal de acopio de copra se ven pedazos de coco puestos al sol. Una máquina desgreña y quita el caparazón pegado a la concha hasta dejar la pulpa –la copra– que cae directo a un camión en el que caben hasta 16 toneladas.

Cada productor recibe 11 pesos por kilo de copra. En este momento el precio es alto (normalmente está a cuatro pesos), ya que el gobierno endureció los aranceles de importación de aceite de coco.

Dos mil 600 productores están inscritos como socios de ese centro. Muchos son accionistas.

–¿Qué beneficios reciben? –se le pregunta a Sebastián Pérez, presidente del local.

–Les gestionamos plantas de coco híbrido, les damos costales, machetes y palas, y prácticamente la ganancia va incluida en el precio que les damos.

No todos quieren vender aquí su producto: los restauranteros de Cancún compran cada coco a dos pesos, por eso mucha gente lo tumba tierno.

Siguiendo el recorrido que hace el camión recién cargado, se llega a la zona industrial de Villahermosa, a la planta Industria Coprera de Tabasco. Ahí se ve una montaña de 60 toneladas de copra, donde un obrero impulsa el deslizamiento de las cáscaras hasta un túnel donde una banda las transporta bajo tierra hacia contenedores que las pulverizan hasta dejarlas como aserrín o las comprimen hasta sacarles el aceite.

El gerente de producción, José Luis González Zapata, habla de la bonanza de la industria y los planes de crecimiento.

Menciona que el aceite que producen tiene compradores por anticipado que lo usan para producir jabón, leche en polvo o glicerina. Que en cada uno de los cinco tanques que se ven en el patio caben 140 toneladas de aceite. Que ya se diversificaron tanto que producen alimento para ganado con la pasta que sobra del proceso. Que está por funcionar una planta envasadora donde producirán 8 mil botellas diarias de agua o leche de coco y 200 kilos de harina.

Además, presume, ya fabrican cada día 5 mil jabones de coco (coconut soap, como dice la etiqueta). El terreno lo tienen aprovechado al máximo: en las cuatro hectáreas también tienen planta lavadora de autos pesados, taller mecánico y centros tecnificados donde se procesarán la fibra de coco y el hueso para carbón. Porque del coco nada se desperdicia: el hueso se usa para elaborar artesanías o la gente pobre lo compra para echarlo al fogón, como sustituto del carbón.

Luego sigue el turno a la entrevista con Pedro Rodríguez Reyes, El Zar del Coco desde 1997, quien desde su oficina comenta a Proceso los retos del sector por todas las calamidades que enfrenta la industria: amarillo letal, ardillas, vejez, el abejorro picudo, Pemex, la poca duración del coco híbrido, el desmonte de plantaciones…

Lamenta que, en sus mejores tiempos, Tabasco producía 35 mil toneladas de copra y ahora sólo 3 mil. Pero se ufana de que, pese a las desventuras, la empresa facturó 40 millones de pesos el año pasado (cuando el coco no tenía el precio que tiene ahora) y sacó una utilidad de 700 mil pesos.

–Si tienen ganancias, ¿cuándo van a convidarlas con los accionistas que invirtieron para comprar la fábrica?

Comienza a excusarse. Menciona las características del mercado. Habla de la competitividad.

“Si no guardamos las utilidades y las repartimos, la empresa no sería competitiva ni sujeto de inversión. Si nos repartiéramos utilidades sería una empresa sin valor crediticio, tenemos que ser competitivos”, responde. Agrega que todo se ha invertido para recuperar la planta del deterioro en que se encontraba y que, como los diputados, ha tenido que tomar decisiones solo porque es imposible consultar a toda la gente.

El Zar menciona que la planta que maneja está valuada en 50 millones de pesos. Dice que ha recibido 7 millones de pesos de los gobiernos estatal y federal para rehabilitar las instalaciones y que recibió otro tanto para financiar la construcción de la envasadora de agua de coco. Admite que vendió a 12 millones de pesos cinco de las hectáreas del terreno, pero se justifica diciendo que lo reinvirtió en adecuar la fábrica y que otros 2.5 millones de pesos los repartió a accionistas y los usó para pagar créditos vencidos.

Cuando se le cuestiona de nuevo por el destino de los productores, señala que con las ganancias ya devolvió parte de la inversión a algunos ancianos –“sobre todo a los más grandes”– y para demostrarlo extiende una lista con nombres de personas, en la que no se señala ni el municipio al que pertenecen ni la edad, el número de acciones que poseen o el supuesto dinero recibido. No hay forma de contactarlos.

El exdiputado niega que sea millonario, dice que su salario es de 20 mil pesos al mes y que sus propiedades las adquirió porque tiene una de las plazas mejor pagadas como profesor de educación superior y por su dieta como legislador. “No existe la riqueza, vivimos al día”, se defiende.

Para los productores, los ancianos y ancianas que sí viven al día, esas explicaciones no sirven de mucho.

“Ojalá hubiéramos tenido el apoyo gubernamental y esto se arregla desde cuándo”, opina Carmen Santos.

Coronado Chang comenta: “Ya murió el emporio de riquezas. Ya murió todo. No queda nada. En parte por Pemex, que causa lluvia ácida y deja la planta pinta y la mata; la ardilla y la plaga completan la ruina, los directivos siguen ganando dinero y el gobierno les da millones de pesos para que se hagan ricos ahora con el agua de coco. Nomás les falta que se hagan quebrar otra vez y listo”.

El hombre se detiene junto al río Seco, que pasa por Nuevo Torno Largo. Ve el cementerio de palmeras, de pie, estériles, y dice: “Esos son los males de los cocos”.

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