La receta siciliana

3 07 2012

MARCELA TURATI

2012-06-23

*Publicado originalmente en la revista PROCESO

Durante décadas los habitantes de Sicilia vivieron oprimidos por el miedo y sumidos en el silencio. La mafia era la causa. Negarse a sus requerimientos se pagaba con la vida. Hablar de ella también. Pero las cosas han cambiado, sobre todo después del asesinato del juez Giovanni Falcone, cuando los sicilianos dijeron “basta” y empezaron a actuar. Gracias a una ley aprobada en 1996, los bienes decomisados al crimen organizado son devueltos “al pueblo” y en ellos se concretan “proyectos liberados”: son viñedos, trigales, granjas y fábricas que dan trabajo y surten las despensas de la gente que ya no teme hablar.

PALERMO, ITALIA.- En 2001 Angelo Sciortino aceptó la propuesta de sembrar vides en unos terrenos que él y otros agricultores recibirían del gobierno. A pesar del alto desempleo en esta empobrecida región siciliana, el primer año no pudieron contratar trabajadores. Ninguno arriesgaba el pellejo para emplearse con ellos. Tampoco consiguieron quién les rentara tractores.

Temerosa, la esposa de Angelo le dijo que pensara bien su participación en el proyecto. Algunos conocidos le preguntaban en voz baja si sabía en qué se estaba metiendo por trabajar “precisamente esas tierras”. No hizo caso.

Para 2009 la cooperativa Placido Rizzotto, que hizo socio a Sciortino, envasó su primera botella de vino en la naciente vinícola I cento passi (Los cien pasos).

Todavía hoy la producción de esos vinos se considera un hazaña porque los antiguos dueños de las tierras que recibieron los agricultores son miembros de la Cosa Nostra, la mafia que durante más de un siglo ha controlado la vida de los sicilianos con la extorsión, cobro de derecho de piso, usura, contrabando, tráfico de drogas y la imposición del silencio.

I cento passi es uno de los cientos de proyectos ciudadanos que han florecido –principalmente en el sur de Italia– para dar “uso público y social” a las propiedades confiscadas a los mafiosos. Esto está incluido en la ley 109, aprobada en 1996 después de una intensa movilización que dio como resultado un documento en el que un millón de ciudadanos exigieron al Parlamento la aprobación de esta medida para dar un golpe al corazón de la mafia: sus finanzas.

Pero en tierras como éstas hacer valer la ley del Estado puede ser suicida pues la mafia sigue activa.

“La gente tenía miedo de entrar a trabajar con nosotros porque los mafiosos controlaban todo; eran los que daban el trabajo, aunque mal pagado y con dinero de las drogas. El 70% de la gente de mi pueblo trabajaba para los mafiosos. Yo fui a la misma escuela que los hijos de los mafiosos, que siguieron los pasos de sus padres. Era el único trabajo que había y quienes no estaban de acuerdo con sus reglas, se tenían que ir”, cuenta este cooperativista cuarentón de pelo cano.

“¿No te da miedo?”, se le pregunta a Sciortino, después de que dice que su cooperativa trabaja la hacienda que pertenecía a Rosario Genovese, uno de los jefes del clan Brusca, aquél que asesinó al juez Giovanni Falcone.

Este hombre larguirucho, cuya ropa refleja el desaliño y el polvo de quien se dedica a cultivar la tierra, responde: “No pienso en el miedo, pienso en toda la gente que murió para que nosotros estuviéramos trabajando aquí. Si ellos hubieran tenido miedo no hubiera cambiado nada. El tío de mi esposa era un sindicalista que con otros ayudaba a los campesinos, y a uno de ellos lo asesinaron; a otro le dijeron ‘te vas mañana o te matamos’ y se fue. Mucha gente se ha tenido que ir por eso y porque si no estás recomendado por el boss, no tienes empleo”.

Para llegar a esta cooperativa vinícola hay que cruzar una brecha rodeada de viñedos. En la enorme fábrica se dan recorridos para observar el proceso de transformación de las uvas en vino, hasta su embotellado.

Ahí está el vino hecho con uva blanca catarratto, dedicado –según su etiqueta– al legislador comunista Pio La Torre, que pagó con su vida la propuesta de “agredir” a los delincuentes confiscándoles sus bienes. O el de la famosa variedad Nero d’avola –que da una bebida roja con matices púrpura– dedicado a la memoria de Peppino Impastato, el locutor de radio asesinado, quien dijo que “la mafia è una montagna di merda” y en cuyo honor se filmó la película “I Cento Passi” (“Los cien pasos”), que dio nombre a la vinícola.

En este lugar los símbolos son importantes. Cada variedad de vino tinto, blanco o rosado se dedica a un mártir antimafia. El nombre de la cooperativa misma, Placido Rizzotto, recuerda al sindicalista que quiso organizar a los campesinos para que acabaran con el latifundio de las familias criminales.

Durante el recorrido, las entrevistas, las charlas, sus nombres siempre salen a relucir, más que los de los mafiosos.

“Bon giorno”, saluda el enólogo Aldo Viola, un moreno despeinado que lleva una bata salpicada de vino y comienza a explicar el proceso del vino, los grados de enfriado, los procesos de colación, los tipos de barriles, los tiempos de fermentación y las características que hacen competente a la marca Rizzotto, de la cadena Libera Terra, conocida porque sus productos son “buenos, honestos y justos”.

“La mafia es un problema social. La gente tenía miedo de hacer algo que los molestara, como entrar siquiera a su propiedad, menos trabajar. Era peligroso. Ahora esta cooperativa es un ejemplo para todos de que pueden tener el trabajo que deseen y, además, bien pagado”, dice el joven mientras reparte copas con vino para la degustación.

Debilitando a la mafia

Aunque la indignación ciudadana contra los crímenes de la mafia se manifestó más públicamente tras el asesinato de Falcone, su esposa y sus escoltas, 1996 se convirtió en un parteaguas cuando el Parlamento aprobó la propuesta ciudadana –impulsada por el sacerdote Luigi Ciotti– de confiscar los bienes de los narcotraficantes y devolvérselos a la gente. La reutilización de esas haciendas, terrenos, casas, departamentos, fábricas e inmuebles confiscados, donde se cometieron o planearon crímenes, tiene una fuerte carga simbólica.

“En la mayor parte de la Italia meridional se da ‘trabajo en negro’, se contrata a mucho migrante que labora explotado, como esclavo; y los jóvenes tienen que emigrar porque no encuentran empleo. Por eso lo que hacemos es también simbólico: restituir legalidad y dignidad a los trabajadores, lo que permite inclusión social”, explica Enza, la joven palermitana que acompaña a los turistas en los recorridos por los “proyectos liberados”.

“Nuestros proyectos permiten a los jóvenes de las zonas controladas tener empleos dignos, honestos, con contratos, con todos los derechos y de manera ecológica. No tienen que migrar ni tocar la puerta de los mafiosos y hacerle favores para que te recomienden, pueden trabajar por su cuenta, recuperar la dignidad y, sobre todo, vencer la mentalidad que permitió que hubiera mafia”, explica Davide Pati, de la oficina de Bienes Decomisados de Libera que aglutina a mil 800 organizaciones antimafia en el país.

Para pertenecer a una cooperativa que utilice los bienes recuperados Libera aplica una estricta revisión a los candidatos. Verifica si tienen antecedentes penales, fama de honestos y sobre todo que no tengan relación de amistad o parentesco –ni en tercer grado– con algún miembro de la mafia.

“Cuidamos que no sean prestanombres. Tiene que ser gente que no haya estado en la boda de la hija del mafioso o que se le haya visto junto a él tomando un café”, explica la palermitana.

Desde Nápoles, donde opera otra mafia, la Camorra, Enrico Tedesco, el secretario general de la Fondazione Pol.i.s –dedicada a la atención a las víctimas de la mafia y a gestionar ante el gobierno la reutilización de los bienes confiscados– señala que otro de los problemas que enfrentan es que las investigaciones judiciales para establecer que los bienes de los delincuentes son ilegales pueden durar hasta una década.

En ese tiempo algunas propiedades se arruinan. Otras veces sus antiguos dueños las incendian para que nadie las use y dice que esto lo ilustra una escena de la película Gomorra, sobre las formas de operación de la Camorra.

Hasta el pasado 3 de mayo en toda Italia se habían confiscado 12 mil 121 bienes, de los que mil 558 eran terrenos y 10 mil 563 bienes inmuebles, 80% de ellos en cuatro regiones: Sicilia, Campania, Calabria y Puglia. Sólo la mitad está en gestión de adjudicación y cerca de 10% ha sido asignado a un proyecto.

El proceso –explica Tedesco– es complicado: cuando sentencian al criminal se le confiscan definitivamente los bienes comprados con dinero ilícito, que pasan a propiedad del Estado. En ese momento entra alguna institución que valora para qué puede ser usado ese bien –sea para una organización no gubernamental, oficinas de gobierno o cooperativa– y revisa propuestas de las organizaciones, hasta que lo adjudica.

Pese a los retos, Tedesco es un convencido de este proyecto: “La Camorra tiene el poder intimidatorio y la fuerza económica para crear miedo. Su poder armado y económico es lo que la sostiene. Si agarras a un mafioso y sólo lo mandas a la cárcel, su patrimonio sigue a su disposición. Lo importante es golpear su poder, arruinarlo social, institucional y económicamente. Por eso esta práctica debe globalizarse, debe ser una política mundial. Si se hiciera en todo el mundo sería un golpe significativo”.

Entre los bienes devueltos a la sociedad napolitana está un departamento de 45 metros cuadrados en una azotea en pleno centro viejo, que perteneció a Giuseppe Di Tomasso, uno de los bosses del clan Mariano, aunque estaba a nombre de un testaferro. Ahora tiene literas y paredes pintadas de colores porque pertenece a los Scouts Católicos.

Cerca de ahí hay una torre de departamentos viejos con una suite de 300 metros cuadrados, con pisos de mármol negro y vista privilegiada que pertenecía al camorrista Luigi Giuliano. Esta propiedad, cuyo valor ronda el millón de euros, alberga la organización Telefono Azzurro, que da asistencia a niños y niñas, imparte talleres y tendrá una ludoteca.

Desde un sótano que fue centro de apuestas y hoy es una librería, el joven Umberto DiMaggio, uno de los encargados de Libera Tierra en Palermo, explica que en los “territorios liberados” pretenden promover la cultura de la legalidad.

La nueva producción

En los recorridos turísticos que Libera Tierra ofrece gratuitamente, se visitan casas de mafiosos convertidas en hoteles en medio del campo, memoriales donde ocurrieron matanzas de campesinos que quisieron organizarse contra los latifundistas o antiguas haciendas donde ahora se producen alimentos y donde los visitantes hablan con cooperativistas, como Francesco.

“La antimafia no puede quedarse en discurso. Un niño de un territorio mafioso que mete el pie en un territorio liberado y come una uva y respira el aire de libertad, entiende lo que significa. No se trata de darles una clase sino de que vean a gente que trabaja con sueldos dignos y con derechos”, explica el activista.

Él y su equipo reciben a grupos de escolares a quienes les hablan de las nuevas caras de la mafia, las de quienes dejaron de ser matones y se convirtieron en empresarios bien vestidos que controlan el mercado de la disposición de los residuos tóxicos y la basura (la llamada ecomafia), el tráfico de inmigrantes, la industria inmobiliaria, los productos alimenticios.

En las charlas hablan del consumo crítico de productos legales, la ideología antimafia y la inculcación de la memoria.

“Unos se impresionan de saber que se le quitó algo al mafioso y otros lo hacen producir; otros se sorprenden sólo de que pronunciemos aquí la palabra mafia, porque en su casa no se hace. Otros sólo abren los ojos. Aparentemente de inmediato no pasa nada, pero quizás cuando crezcan algo de lo que escucharon aquí tenga sentido y les cambie la mentalidad”, opina Girolamo DiGiovanni, uno de los apóstoles de esta cruzada.

Ellos también son jóvenes. No tienen miedo porque no vivieron los crímenes que cometía la mafia, aunque a sus abuelos y a sus padres se les dificulta nombrarla porque los habladores eran cruelmente asesinados. Están conscientes de que por su labor no intentarán matarlos, pero sí podrían buscar desacreditarlos.

Umberto explica: “Son muchas las asociaciones que gestionan bienes confiscados, no sólo Libera, y en algunas hay prestanombres de mafiosos que quieren recuperar sus bienes”.

Massimiliana Fontana, la gerente del museo antimafia Centro Internazionale di Documentazione sulle Mafie e del Movimento Antimafia del pueblo de Corleone, también desconfía de la aparición de múltiples organizaciones antimafia y dice: “Hay muchos intereses y dinero en juego. Seguro que sí hay gente que lucha por un ideal verdadero, pero otros podrían estar disfrazados o coludidos”.

Ella cree que en este pueblo todavía 80% de los negocios siguen pagando el derecho de piso. Una de las trabajadoras del museo está pensando en emigrar a otra región porque su esposo está desempleado ya que no fue “recomendado” por los bosses. Cuesta trabajo creer que los ancianos que se sientan a pasar la tarde en la plaza, luciendo sus boinas como en películas antiguas, siguen guardando la ley del silencio por miedo a los mafiosos.

O que en Italia la policía sigue arrestando a jefes de clanes mafiosos –como Bernardo Provenzano, capo de capos de la Cosa Nostra, en 2006– y que hay periodistas amenazados, como Roberto Saviano, quien tiene que vivir escoltado a partir de que escribió Gomorra, donde revela cómo el negocio se ha diversificado y ahora la mafia controla el tráfico de migrantes, la piratería de discos o de ropa de diseño.

Domina, por ejemplo, hasta el mercado del queso mozzarella, con lo que inciden incluso en el precio de las pizzas.

En la importante Plaza Politeama de Palermo, en un edificio que perteneció a un mafioso de la Cosa Nostra, hay una tienda, La Bodega de Sabores y Conocimientos de la Legalidad, uno de los puntos obligados del recorrido del circuito antimafia. Aquí se venden los alimentos “ecológicos, artesanales, justos” –indican las empleadas– provenientes de terrenos confiscados.

La encargada de esta tienda es Francesca Fiorenza, quien habla tan rápido que  es  difícil  captar todas las bondades que presume de los productos que acerca a los visitantes.

“Así como al principio nadie quería recoger el trigo para hacer esta pasta y la gente se acercaba y preguntaba a los pocos que aceptaban ‘¿por qué trabajas ahí, qué no sabes de quién son estas tierras?’, ahora hay fila de gente que quiere trabajar en nuestras cooperativas, porque al mirarnos comienza a preguntarse por qué ellos no tienen los mismos derechos Y esa es la victoria más grande que hemos obtenido”, presume sonriente.

“Al principio nadie quería vender nuestros productos porque tenían miedo de exhibirlos. Ahora la gente que los compra sabe que está sosteniendo la lucha antimafia; pero es paradójico: Los compran más en el norte que en Sicilia, donde todavía hay trabajo por hacer para cambiar la mentalidad”, explica mientras muestra los estantes donde uno puede encontrar vinos de la línea Peppino Impastato, entre fusillis o espaguetis, salsas de tomate, patés de alcachofa, mermeladas de limón, conservas de verduras, aceites de oliva o queso de leche de búfala. Todos con la misma etiqueta que indica que provienen “della terre libere dalle mafie”.

Al final del recorrido uno entiende que la mafia no sólo se combate en las calles. También en sus cuentas bancarias. En sus propiedades. En la mentalidad de la gente. Y hasta en el supermercado.

About these ads

Acciones

Information

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s




Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 70 seguidores

A %d blogueros les gusta esto: